El terrorista Fernando Sandoval M.

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El terrorista

El joven se movía desinhibido por la calle, su voz se oía desafinada y descontrolada, en momentos muy fuerte y a veces sólo susurros, en ratos se contorsionaba y en otros se detenía y manoteaba…
La gente volteaba a verlo, algunos sonreían, pero la mayoría lo miraba con un gesto adusto, con la mirada seria meneando la cabeza en desaprobación,
– ojalá lleve su permiso – dijo alguno
… Si, aquella maldita ley.
El capitán de aquellas fuerzas especiales se paseaba orgulloso por la avenida, la gente se hacia a un lado, pues notaban que los que osaban no hacerlo salían rebotados, golpeados o empujados y aquel oficial como si nada.
Parecía distraído, absorto en sus pensamientos, pero bastaba ver sus ojos para darse cuenta que en realidad observaba detenidamente a la gente, en su lado de la acera, y al otro lado también, a los conductores de los autos, incluso a la gente que se encontraba en los establecimientos o en sus casas.
Si, sus ojos no cesaban de moverse sin perder un solo detalle, quizá por eso su paso aunque firme y determinado, era lento y parsimonioso.
Y por eso sus ojos de halcón pudieron percibir a aquel sujeto, que aún cuando estaba a más de cincuenta metros, y a los numerosos transeúntes, era imposible que no llamara su atención,
– Águila 1, atención a las 9, está entrando al subterráneo – Comunicó a su auxiliar.
Enseguida vio entrar al sujeto a la estación del subterráneo desapareciendo de su vista, aunque también vio a su subalterno desaparecer inmediatamente tras de el.
Apresuró el paso al tiempo que dos más de su equipo entraban en la estación escuchando:
– Águila 3, blanco ubicado – , y casi al mismo tiempo
– Águila 2, blanco en la mira –
Cubrió la distancia en segundos, sin descomponer en lo más mínimo la figura, parecía deslizarse simplemente…
Bajo la escalera en un suspiro encontrándose en el anden justo cuando llegaba el tren, el instinto le hizo voltear a su derecha y vió al sujeto dispuesto a abordar el convoy, no pudo disimular una sonrisa al ver un agente a cada lado del sujeto y uno mas atrás de él, pero se le cortó en seco, ¿Y si portaba su permiso? Dudo por un segundo, pero alcanzó a entrar en el vagón justo un momento antes de cerrarse las puertas.
No, no podía equivocarse, algo le decía que ese era un criminal.
Miró al sujeto y se percató que era joven, tal vez 25 años, un poco desaliñado, extravagante e indolente… y sus agentes lo tenían rodeado y lo miraban esperando sus órdenes.
Así que se dirigió a él, no hubo necesidad de apartar a la gente, todos se habían percatado de su presencia y también de quien era su objetivo.
Se plantó frente al joven y aun así tuvo que sujetarlo para detener su danzar extravagante y así diese cuenta del gran volumen que despedían aquellos auriculares.
Esa sacudida volvió a la realidad al joven y por un momento asomó en su rostro el temor, pero se rehízo con una amplia sonrisa al sacarse los audífonos de encima, y todos pudieron escuchar:
– ¿Algún problema oficial? –
El capitán, a su vez sonrió, y con aquella inquieta mirada vio a todos los usuarios inmóviles, atentos, serios, expectantes, algunos incluso sudando…
Lo miro fijamente y le dijo:
– Muéstreme su licencia para escuchar esa música
– No tengo – dijo el joven, encendiendo un rumor entre los usuarios.
– Entonces está usted arrestado – dijo el capitán ampliando su sonrisa, al tiempo que dos de sus agentes sujetaban al joven.
– Espere, no puede hacerlo, yo soy autor de lo que vengo oyendo – dijo el joven sin perder el temple ni su sonrisa.
– ¿Que no conoce la ley? Usted debe registrar primero sus composiciones y obtener su licencia, si usted es el autor solo pagaría el registro – replicó el capitán, a duras penas conteniendo una carcajada.
– ¡A eso voy! – dijo el joven levantando la voz, conteniéndose a duras penas, y mostrando que se le escapaba su auto-control.
– Lo siento – terció el capitán al momento que sus agentes sometían al incauto, colocando sus manos en la espalda, rubricando con las esposas.
– Es la ley – dijo el capitán mientras volteaba a mirar a los usuarios con mirada retadora, arrogante, pues su instinto no le había fallado y seguía sin cometer un solo error.
– Un criminal menos- pensó, satisfecho de si mismo
– Vayámonos – dijo a sus agentes al abrirse las puertas, al arribar a la otra estación…
Todos recuperaron la calma al proseguir el tren la marcha, comentando lo sucedido y escuchando aún esos gritos cada vez más lejanos:
– ¡Yo soy el autor, no soy un criminal, yo soy el autor!… –
Sólo aquel sujeto sentado en el fondo reaccionó mas lentamente, movió su mano izquierda para ver su reloj, para enseguida sacar la mano derecha del interior de su chaqueta, soltando el remoto que no habría dudado en accionar para activar la bomba que llevaba en la maleta, al pie de su asiento…
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