"La embustera " Alphonse Daudet

Recordemos que los dos grandes poemas épicos que inauguran la literatura occidental como la Iliada y la Odisea, tratan como uno de sus asuntos principales la fidelidad e infidelidad de la mujer, con este comentario cierro un ciclo dedicado a la infidelidad femenina; El collar de Perlas, Los Pocillos, ¿Fue un Sueño?, La embustera.


“Cuando las mujeres deciden engañar a sus parejas, no existe esposo, novio o amante que pueda sorprenderlas; sospechar, tal vez, pero pillarlas en el acto, no”; dice el adagio popular. En cambio, debido a la cultura machista imperante, el hombre puede hacerlo y vanagloriarse de ello.

“La embustera “

Yo no he querido mas que a una mujer en toda mi vida – nos decía el cierta ocasión el pintor D….Pasé toda mi vida con ella cinco años de felicidad perfecta. Puedo decir que a ella le debo toda mi fama , pues a su lado el trabajo me resultaba fácil y me sentía inspirado.

Cuando la conocí, creí que era mía desde tiempo inmemorial. Su belleza, su carácter, respondían plenamente a todas mis ilusiones. Aquella mujer no me abandonó jamás; murió en mi casa, entre mis brazos amándome. Pues bien, cuando pienso en ella, me es imposible contenerme y me domina la ira.

Si procuro representármela tal como la vi durante los cinco años, en los mejores días de nuestro amor, con su esbelta y alta figura, su palidez dorada, sus facciones de judía oriental, regulares y finísimas, su voz suave, lo mismo que su mirada, si procuro dar cuerpo a esta visión deliciosa, es para decirle, con tanta fuerza como soy capaz: “Te aborrezco”

Se llamaba Clotilde. En la casa de los amigos, donde la vi por primera vez, la conocían por madame Deloche y decían que era viuda de un capitán de barco. Parecía haber viajado mucho. En el curso de una conversación,decía con frecuencia: “Cuando estaba en la bahía de Tampico o “Una vez en Valparaíso”. No había nada, aparte de esto, ni en sus ademanes ni en su manera de hablar que delatase la vida nómada o el desorden y la precipitación de las salidas apresuradas y las arribadas bruscas. Era parisiense, vestía de un modo exquisito, sin aquellos detalles ridículos que delatan a la esposa del marino, acostumbraba a llevar siempre el vestido de viaje. Cuando comprendí que la amaba, mi único deseo era casarme. Alguien le habló de mí . Ella se limitó a decir que no quería contraer nuevo matrimonio. Decidí no volver a verla y como no podía pensar en otra cosa y me era imposible trabajar, decidí irme a correr mundo.

Estaba haciendo mis preparativos de viaje, cuando una mañana en mi propio estudio, en el desorden de los muebles abiertos y de las maletas a medio hacer, vi entrar con gran estupefacción mía a madame Deloche.

-¿Por qué se marcha usted?- dijo con dulzura-¿Porque me quiere? Yo también le quiero. Pero estoy casada.

Y a continuación, me reveló su historia.

Toda una novela de amor y abandono. Su marido bebía y le pegaba. Se habían separado a los tres años de matrimonio. Su familia, de la que parecía, mostrarse muy orgullosa ocupaba una posición muy destacada en París; pero desde su boda, no querían recibirla. Era sobrina de un gran rabino. Su hermana viuda de un militar de alta graduación, estaba casada en segundas nupcias con el director del bosque de Saint Germain. Ella arruinada por su marido, había conservado una serie de habilidades de su primera educación que le permitían ganarse la vida. Daba clases de piano en algunas casas distinguidas de la Chausse d’ Autin y del barrio de Saint Honoré, con lo que conseguía cubrir bien sus necesidades.
Su historia era conmovedora, aunque un poco larga, llena de repeticiones y de esos interminables incidentes que atiborran los relatos femeninos. Por tanto invirtió varios días en contármela. Yo había alquilado una casita para dos en la Avenida de la Emperatriz, entre calles silenciosas y jardines tranquilos.

Allí me hubiera pasado un año, escuchándola, mirándola, contemplándola, sin pensar en trabajar. Fue ella quien me impulsó a volver al estudio y no pude prohibirle que continuara con sus clases. Aquella dignidad de su vida, de la que tenía mucho cuidado, me conmovía en extremo. Me admiraba su ánimo altivo y me sentía algo humillado ante aquella firme voluntad que todo lo debía al trabajo. Durante el día estábamos separados y solo de noche nos reuníamos en nuestra casa.

¡Con que ilusión entraba, que impaciencia me dominaba cuando ella tardaba en volver y que alegría cuando ya la encontraba allí!

De sus excursiones a París, me traía ramos de flores y otros recuerdos.

A veces yo la obligaba a que me aceptara un regalo y ella riendo me contestaba que era mas rica que yo: la verdad es que las lecciones debían darle mucho dinero, porque siempre vestía con mucha discreción y su traje ocultaba, bajo una apariencia sencilla, todo un mundo de elegancias femeninas.

Su trabajo por lo que me explicaba, no era cansador: Todas sus discípulas, hijas de banqueros y de agentes de bolsa la adoraban y respetaban. En mas de una ocasión me había enseñado un brazalete o un anillo que le regalaron en agradecimiento que se tomaba por sus discípulos. Fuera de las horas de trabajo , no nos separábamos ni íbamos a ningún sitio. Tan solo los domingos, ella se dirigía a Saint Germain a ver a su hermana, la mujer del director del bosque, con la que se había reconciliado. Yo la acompañaba hasta la estación. Regresaba el mismo día, ya entrada la noche, y, frecuentemente, cuando los días se alargaban, nos citábamos en a algún lugar del camino, junto al río o al bosque. Ella me explicaba su visita, el buen aspecto de los hijos y la felicidad del matrimonio. Todo esto me apesadumbraba por ella, ya que se veía privada para siempre de una verdadera familia, y yo procuraba, con atenciones y caricias, que olvidara su falsa posición que a un alma como la suya, tenía que entristecerla mucho.

¡Que tiempos mas venturosos! Yo no tenía dudas. Cuanto aquello me contaba, me parecía cierto y lógico. Tan solo una cosa le censuraba. A veces, al hablarme de las casas que visitaba, de las familias de sus discípulas, acudían a sus labios una abundancia de detalles inventados, de intrigas imaginarias, que me hacían comprender que exageraba. Pese a su gran serenidad, veía siempre una novela en cuanto la rodeaba y pasaba la vida ideando dramas. Aquellas quimeras enturbiaban mi felicidad. Yo, que hubiese querido alejarme del mundo para vivir encerrado junto a ella, la consideraba preocupada en demasía por cosas indiferentes. Pero bien podía perdonarse este defecto a una mujer joven y hermosa, cuya vida, hasta aquel momento, había sido una auténtica novela triste, sin desenlace probable.

Solo una vez tuve una sospecha o, mejor dicho un presentimiento. Cierto domingo por la noche no vino a dormir. Yo estaba desesperado. ¿Qué podía hacer? ¿Ir a Saint Germain? Quizás la comprometiese. No obstante tras una noche terrible, estaba decidido a ir a buscarla, cuando compareció, pálida y muy alterada. Su hermana estaba enferma y ella consideró que debía quedarse a velarla. Creí lo que me contaba , sin desconfiar de aquel torrente de palabras que se desbordaba ante cualquier pregunta mía, anulando la idea principal con una serie de detalles inútiles : la hora de llegada, la descortesía de un ferroviario, el retraso del tren. Aquella semana se quedó a dormir un par de veces en Saint Germain. Luego concluida la enfermedad volvió a su vida tranquila y regular.

Por desgracia, tiempo después le tocó a ella caer enferma. Un día volvió de sus lecciones temblorosa, empapada en sudor y febril. Se le declaró una infección en el pecho, grave desde el primer momento y muy pronto incurable, según dijo el médico. Sufrí tanto que creí volverme loco.

Luego, no pensé mas que en alegrar sus últimos momentos. Aquella familia de la que tan orgullosa se mostraba, a la que tanto quería , debería acudir hasta la cabecera de la enferma, aunque tuviera que arrastrarla. Sin decirle nada a ella, escribí a su hermana, la que vivía en Saint Germain, y fui personalmente a ver a su tío, el gran rabino. No recuerdo a que hora inoportuna me presenté. Las grandes catástrofes trastornan la vida por completo y la alteran hasta en las cosas mas insignificantes. Creo que el buen rabino estaba cenando. Compareció algo sobresaltado y ni siquiera me hizo sentar.

-Señor –le dije- , hay momentos en que deben abandonarse todos los rencores…

Su rostro respetable adquirió una expresión de insólita sorpresa.

-¡Señor, le ruego que olvide esos ridículos odios de familia! Me refiero a madame Deloche, la esposa del capitán.

-No conozco a esa señora. Le aseguro que se equivoca, hijo mío.

Y me acompañó con toda amabilidad a la puerta, tomándome sin duda por un bromista o un loco. Reconozco que en aquellos momentos debía tener un aspecto extraño .Lo que había descubierto era tan horrible, tan inesperado…¡Ella me había engañado! ¿Y por qué? De pronto tuve una idea. Hice que el coche me llevara a casa de una de sus discípulas, de la que me había hablado con mucha frecuencia, hija de un conocido banquero.

Le pregunté al criado.

-¿Madame Deloche?

-No es de aquí.

-Ya sé. Es la señora que da lecciones de piano a las señoritas de la casa.

-En esta casa no hay señoritas y ni siquiera piano. No sé de que me está hablando.

Y cerró la puerta con inusitada furia.

No quise seguir la encuesta. Estaba seguro de encontrarme en todas partes con idénticas respuestas y mismo desengaño. Al llegar a casa, me dieron una carta, con el sello de correos de Saint Germain. La abrí sabiendo de antemano lo que contenía. Tampoco el director conocía a madame Deloche. Además no tenía ni mujer ni hijos.

Fue aquel el último golpe. Durante cinco años cada una de sus palabras habían sido mentiras. Mil ideas de rabia y de celos me dominaron y como un loco, sin saber lo que hacía, entré en la alcoba donde ella se estaba muriendo. Todas las preguntas que me atormentaban cayeron sobre aquel lecho de dolor:

-¿A qué ibas los domingos a Saint Germain? ¿Dónde pasabas el día? ¿Dónde dormiste aquella noche? Contéstame, contéstame.

Y me inclinaba sobre ella, buscando en lo mas profundo de sus ojos siempre hermosos y altivos, las respuestas que yo aguardaba con impaciencia. Pero ella siguió muda.

Insistí, mientras temblaba de ira:

-No dabas clases. He estado en todas partes. Nadie te conoce. Entonces, ¿de dónde salían esas joyas, esas ropas, ese dinero?

Ella me dirigió una mirada de terrible tristeza y nada más. Es verdad que debí haberla dejado morir tranquila, pero la había querido demasiado. Los celos pudieron mas que la compasión y añadí:

-Me has estado engañando durante cinco años. Me has mentido cada día, a todas horas, siempre. Tu conoces mi vida, pero yo no sabía nada de la tuya. Lo ignoro todo, incluso tu nombre. Pues este que usas no es el tuyo, ¿verdad? ¡Embustera!, ¡embustera! ¡Pensar que te mueres y que no se como debo llamarte !¡Dime !¿Quién eres?¿De dónde vienes?¿Por qué te has cruzado en mi camino?¡Habla!¡Di algo!.

Fueron inútiles mis esfuerzos. En vez de responder, volvía penosamente el rostro hacia la pared, como temiendo que su última mirada pudiese descubrirme algún secreto. ¡Y así murió aquella desgraciada! Murió disimulando, mintiendo hasta el último momento.

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9 pensamientos en “"La embustera " Alphonse Daudet

  1. Creo que es cierto que las mujeres tienen una gran capacidad para mentir y pueden sostenerlo por mucho timpo.
    Muy lindo el cuento.
    Aparte, paso para decirte que mi blog cumple su primer año y que puedes pasar a comer tu porción de torta.
    Un beso,
    Graciela.

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  2. Soy una embustera o mentirosilla lo reconozco, pero es una forma de evitar problemas mayores, ejemplo;si me preguntan ¿cuanto te costaron los vestidos? contesto casi nada estaban en liquidacion , porque si digo la verdad ARDE TROYA jajaja y eso que yo trabajo pero las mujeres somos un poquitin astutas y asi todos felices.
    Que bueno que aceptaste el desafio.
    SALUDOS

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